La pelirroja natural, la verdadera pelirroja, la pelirroja primigenia.
Al principio de los tiempos el mundo era oscuro, el vacío estaba vacío, solo un punto azul en medio de él. Un pequeño planeta. En ese planeta habitaban miles de especies y una de ellas era la humana, la cual estaba especialmente cuidada por un Dios.
Un día, de la nada, nació una pequeña criaturita que irradiaba luz.
Tenía la piel blanca y pálida llena de miles de millones de puntitos marrones repartidos por todo su cuerpo. Los ojos azules como el mar y el cabello tan rojo y naranja como el fuego. La pequeña fue bautizada Piros y era la única chica en el mundo con tales características.
Dios, enamorado de esa joven chica, la observó crecer día a día y decidió que le haría cuatro regalos a lo largo de su vida.
Primero, le regaló miles de millones de puntitos en el cielo negro como las pecas de su cuerpo. Las estrellas. Después, prosiguió creando un enorme astro que irradiaba luz, energía y era de fuego puro como su cabello. El Sol. Este regalo fue consecuente del tercero, un cielo azul durante los días para que pudiera ver sus ojos reflejados en el él.
Por último, cuando la joven ya no era tan joven, cuando la joven ya apenas tenía aliento, Dios le pidió que fuese con él y así reinar el cosmos juntos. Ella, agradecida por todo lo que había hecho y finalmente descubriendo su amor por ese Dios, decidió ir junto a él.
El cuerpo blanco de esa anciana se volvió una última vez joven y se despidió de su mundo, acto seguido desapareció en la nada, como si nunca hubiera existido.
Entonces llegó la noche, con todas esas estrellas, pero esta vez estaba protagonizada por un nuevo inquilino. La Luna, tan hermosa, blanca y pálida como la piel de la joven pelirroja.
Y así, es como yo le contaré a mis futuros pequeñajos la creación de todo lo que ven en el cielo.
Precioso mito, me lo quedo. Un beso desde la otra habitación.
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