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jueves, 27 de octubre de 2016

Sé que existes.

Caminé mirando hacia atrás, buscando sus ojos. Esperé en mitad de la calle, pero no llegó... Menos mal. Quería verla, pero no sabría que hacer al encontrarla. Tan solo quería observar como caminaba, ver lucir sus rizos al sol.

Una calle que por primera vez se hizo eterna en la búsqueda, un paseo a cámara lenta.

A veces uno se pregunta qué está haciendo. Solo tienes claro que estás ahí, en mitad de todo y de nada.

Una roca en el fondo de un arroyo, desgastada poco a poco por la corriente. Una pizca de nada en la existencia. Una semilla enterrada en las cenizas de un cataclismo. Muerte en la vida, vida en lo muerto. Ambiente hostil.

El miedo te inunda y giras la cabeza para encontrarla, sentada a lo lejos, con esa mirada llena de luz. Despierta algo en tu interior y solo puedes sentir el momento, como cuando caminas por un pasillo con eco y suplicas que nadie te escuche, como esos ojos que se cierran solos cuando acarician tu piel con dulzura. 

Tan solo un segundo, un segundo eterno.

Te suplico con la mirada que te gires y me busques. Que sonrías y te coloques de forma coqueta el pelo tras la oreja. Quizás con suerte un guiño o algún gesto de "sé que existes".

Y tras ese pequeño descanso toca volver a la realidad, donde solo puedes mirar al frente y atender a la vida.

Así, cada día, solo por estar ahí, me salvas un poco más.




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