El vaso sudaba frío
del hielo acompañado por vodka, las luces rojas y azules se inmiscuían dando
pie al máximo caos posible. Todos reíamos y pasábamos un buen rato, la fiesta
ya estaba a punto de acabar pero a nadie le importaba.
Un grupo al fondo me
hizo un gesto y me acerqué, al llegar uno de ellos me echó el brazo por encima
y pedía mi opinión sobre temas que a todos nos dan igual, pero que esa noche se
vuelven importantes, son los que nos dan los mejores momentos.
Fotos, miles de
ellas, los flashes interrumpen la oscuridad de las luces de color. Una sonrisa,
poses estúpidas, caretazos y lo que se nos ocurriera. La noche era genial.
Camino entre todos
bailando y escuchando historias. Un tirón en la manga, un brazo que me rodea a
la altura del estómago. Un susurro por detrás.
- Eres mio.
Confundido me dejé
arrastrar hasta un patio apartado, tiró de mí hasta una pared. Allí estábamos,
un muro de piedras, sus ojos verdes y yo. Tenía esa mirada tan inocente de
siempre, sus labios dibujaban una sonrisa picarona a juego con su vestido azul.
Una chica increíble.
Preguntó por mí, se
interesó. Hablamos de todo y de nada, pasamos un rato estupendo en la compañía
ideal. Incluso hicimos el tonto un rato, las risas no cesaron y las historias
de volvieron personales, construimos un momento único para nosotros. Algo de
los dos para siempre.
La noche se hizo
infinita. Una noche de recuerdos.
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